lunes, 11 de abril de 2011

Algún día, cuando sea un poco, o mucho más mayor, me tumbaré un rato y pensaré en mi pasado. Y me reiré. Me reiré de ese pasado, por el que por insignificantes cosas hacía todo un mundo, y en el que mis absurdos sentimientos era lo único que contaba, sea cual fuera el motivo por el que los sintiera. Esas preocupaciones de adolescentes, de niños. En cada etapa siempre lloramos por cualquier motivo. Cuando somos pequeños, nos preocupa que nos quiten un simple juguete, que no se nos permita cualquier capricho, que nuestra madre no esté con nosotros a todo momento. Cuando vamos creciendo, nos preocupan las amistades, de menor a mayor grado de preocupación, comenzamos a pensar, cosa que es mala, y comenzamos a sentir. Cuando nos vamos haciendo mayores y pensamos en esas cosas de las que un día cualquiera tomamos importancia, reímos, y pensamos que mejoramos. Es cierto que por una parte se mejora, pero que por otra, nunca se acaba de mejorar, estamos continuamente cometiendo errores, y al final nos damos cuenta de todo aquello en lo que se basa la vida: cometer errores. A veces para aprender, a veces para volver a cometerlos de nuevo. Ahora mismo estoy aquí y me río de mi yo del pasado, y ahora le doy importancia a cosas de las que estoy segura que un día me arrepentiré, reiré y diré:

Nunca más.

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